Ópticas Constructivas
Dr. Rogelio Díaz Ortiz
El sueño de trascendencia en el mundial de fútbol ha concluido para la selección mexicana, hay y habrá mucho que comentar, algunos buscan “culpables” y excusas, otros agradecen el esfuerzo en la cancha y la mayoría han dado la vuelta a la página para enfocarse totalmente a enfrentar los retos del día a día.
De manera personal, expreso mi gratitud a los 26 jugadores que integraron a esta selección, al cuerpo técnico y a todos quienes nos hicieron soñar que podíamos aspirar a ganar, incluso el certamen.
Gracias por las semanas de entrega, por cada gota de sudor en los entrenamientos, por las jugadas que nos mantuvieron al borde del asiento y por la ilusión compartida que siempre acompaña al ver rodar el balón vistiendo la camiseta verde.
Representar a un país de más de 130 millones de personas no es una tarea ligera, y por el simple hecho de saltar al campo a defender nuestros colores con gallardía, merecen nuestro absoluto respeto y reconocimiento. El resultado no borra el proceso ni la entrega, perder siempre duele, pero hay de derrotas a derrotas.
Es momento de asimilar el resultado con madurez y, sobre todo, con la perspectiva correcta. Esto es fútbol, y en el deporte se gana o se aprende, pero nunca debe perderse la dignidad, un marcador adverso en una competencia internacional es una derrota estrictamente deportiva, jamás una tragedia nacional.
El fútbol es un juego maravilloso que nos apasiona, pero la vida y la valía de nuestra nación van mucho más allá de si la pelota cruzó o no la línea de meta, si fue o no penal.
Ganar o perder un partido no define quiénes somos, ni como atletas ni como sociedad, todo este aprendizaje debe ser la plataforma de despegue para un nuevo ciclo.
La resiliencia es el rasgo que mejor define al pueblo mexicano, y el fútbol no tiene por qué ser la excepción. Es momento de sacudirse el polvo, limpiar las “heridas” y canalizar esa frustración en una energía constructiva.
La planificación para el próximo mundial comienza hoy, ya constatamos que si se puede. Es hora de una autocrítica profunda, estructurada y sin concesiones en todos los niveles del balompié nacional: desde las fuerzas básicas hasta las decisiones directivas.
Recordemos qué en la vida, los grandes triunfos y el éxito se construyen sobre los cimientos de los fracasos o aprendizajes bien digeridos.
Mientras la euforia del torneo se disipa, la realidad de nuestro México nos aguarda intacta y reclama nuestra atención más urgente, nuestra verdadera cancha no tiene pasto verde, sino asfalto, aulas, campos agrícolas y oficinas.
Los desafíos que enfrentamos en materia de seguridad, la lucha diaria por una economía familiar más justa, el fortalecimiento de nuestro tejido social y la participación activa en la vida política de nuestro país son las verdaderas finales que no podemos permitirnos perder.
El mismo fervor, la misma unión y esa pasión desbordada que mostramos al portar la playera de la selección y al acudir a festejar los triunfos, son los que necesitamos trasladar a nuestras acciones, pensando… hablando y actuando bien por México.
Nuestro país nos necesita despiertos, críticos, activos, solidarios y comprometidos con el entorno. Exijamos en la vida pública la misma excelencia que le pedimos a once jugadores en una cancha, y trabajemos con el mismo espíritu de equipo para construir el país seguro, próspero y en paz que todos merecemos.
La pelota seguirá rodando, el Mundial aún no concluye, el interés en lo general se ira diluyendo con el transcurrir de los días, en breve iniciará el Torneo de Fútbol Local y nuevamente surgirán las añejas rivalidades y regionalismos, hagamos un esfuerzo para honrar la UNIDAD EN LA DIVERSIDAD que provoco la selección en cada partido y celebración, si así lo hacemos será útil y trascendente la experiencia vivida. ¡Animo…que viva siempre México!




