Ópticas Constructivas
Dr. Rogelio Díaz Ortiz
El cáncer de glándula mamaria es una entidad patológica documentada desde la antigüedad. Los primeros registros históricos se remontan al Papiro de Edwin Smith (1600 a. C.), donde se describían tumores en el pecho como condiciones incurables.
Durante siglos, bajo la teoría galénica de los humores, la enfermedad fue atribuida a un exceso de “bilis negra“. Fue hasta los siglos XVII y XVIII, con el desarrollo de la anatomía patológica cuando se reconoció el origen local del tumor en el tejido glandular.
La evolución médica dio un giro drástico a finales del siglo XIX con el advenimiento de la mastectomía radical, aunque mutilante, demostró por primera vez que la cirugía oportuna reducía la recurrencia local.
A lo largo del siglo XX, la compresión de la enfermedad migró de un enfoque exclusivamente quirúrgico-anatómico hacia un modelo sistémico. El descubrimiento de la dependencia hormonal, el desarrollo de la radioterapia, las quimioterapias combinadas y el uso de terapias dirigidas revolucionaron la supervivencia.
En la actualidad, el cáncer de mama no se considera una sola enfermedad, sino un grupo heterogéneo de tumores clasificados por perfiles moleculares y genómicos.
De acuerdo con el INEGI, el cáncer de mama representa la principal causa de muerte por tumores malignos en mujeres de 20 años y más en el país. La tasa de mortalidad se sitúa en 18.7 defunciones por cada 100 mil mujeres de 20 años y más. El cáncer de mama representa cerca del 9% del total de muertes por neoplasias malignas en el país.
Su incidencia aumenta ostensiblemente con la edad; el grupo de
50 a 69 años concentra más del 65% de los diagnósticos, registrándose la tasa de mortalidad más elevada en mujeres de 80 años y más. Cerca del 60% de los casos en México aún se
diagnostican en etapas localmente avanzadas o metastásicas (Etapas III y IV), lo que limita la efectividad curativa.
En el estado de Michoacán, las cifras reflejan un reto constante en la cobertura de detección oportuna: las autoridades del sector salud registran anualmente cerca de 380 a 400 nuevos casos y aproximadamente 280 a 290 defunciones anuales.
Se estima que alrededor del 60% de los diagnósticos en Michoacán ocurren en etapas tardías, influenciado por barreras geográficas, socioculturales y de acceso a servicios especializados.
El pronóstico del cáncer de mama está estrechamente ligado a la etapa clínica al momento del diagnóstico y al subtipo molecular.
Etapas Tempranas (I y II): La supervivencia global a 5 años supera el 90% – 95%. El tratamiento abarca cirugía conservadora de mama combinada con radioterapia y terapia sistémica adyuvante (hormonoterapia o terapia dirigida).
Etapas Avanzadas y Metastásicas (III y IV): La supervivencia a 5 años desciende por debajo del 30% – 40%. Los esquemas actuales se enfocan en prolongar la supervivencia libre de progresión y preservar la calidad de vida.
Hoy en día, el abordaje del cáncer de mama se encamina hacia la medicina de precisión y la detección ultra temprana.
Entre los avances terapéuticos utilizados se encuentran: Medicamentos tipo “bomba teledirigida” que llevan quimioterapia directamente a la célula tumoral sin dañar el tejido sano.
El uso de inhibidores de puntos de control inmunitario y el monitoreo de ADN tumoral circulante en sangre, para detectar recaídas meses antes de que sean visibles en tomografías.
Terapia Genómica Personalizada integrada por paneles multigenéticos que predicen qué pacientes se benefician realmente de la quimioterapia, evitando toxicidades innecesarias.
Inteligencia Artificial en Tamizaje, haciendo uso de algoritmos de aprendizaje profundo en mamografías y tomosíntesis para identificar microcalcificaciones y lesiones sospechosas años antes de ser palpables.
El cáncer de glándula mamaria ha pasado de ser una condición inevitable e incomprendida a una de las neoplasias con mayor arsenal terapéutico y científico en la medicina moderna, aunque el principal obstáculo sigue siendo el diagnóstico tardío.
El futuro de la lucha contra esta enfermedad no solo dependerá del desarrollo de fármacos más sofisticados, sino de la capacidad de consolidar políticas públicas de prevención, acceso equitativo a tecnologías de imagen y concientización social que garanticen una detección en etapas curables.




